Perfecta

Él la miró y le dijo “eres todo lo que un día imaginé”. Ella lo miro, voltio la cara, torció sus ojos, hizo un ademán de derroche, todo con falsas intenciones de indiferencia. Se volteó y le dijo “¿entonces soy perfecta? tú no me conoces. No sabes nada de mi” a lo que él contestó “no, eres real. Con fallas y más. Pero, con todo y eso, eres perfecta para mí, en mi vida, en mi corazón y en mi alcoba. Con esto ella no pudo contener más sus emociones. Ya era de él.

Tres recuerdos (segunda parte)

    El segundo recuerdo. Eva. Ella fue todo lo que no era Lilith. Tímida, reservada, dependiente, y sin embargo, nunca inocente. Eva buscaba a un hombre como la sociedad la había programado para tener: un típico Don Juan (en este caso a lo sudamericano, no iberico).  También, tenía que ser un tipo con una actitud (aptitud no me gusta, le falta Rock Roll) ruda pero a la vez amorosa con ella. Una total contradicción inoculada desde que era niña por casi todo su entorno.

    Ahora, debe entrar en escena nuestro protagonista. Ya no será Manuel, el es muy… cuál sería la palabra…¡ñero! Necesitamos alguien más refinado; los gustos de Eva no soy los de Lilith. Sebastián, y a secas. Nada de sebas, u otra abreviatura. Por favor, la próxima vez que alguien me recuerde: no usar u o, más nunca. Dios, ya no sé ni qué digo. Los dieciséis (16)  pases de perico, que me eché hoy, me están pasando factura.

    Voy a intentarlo una vez más, si no puedo me meteré diez pases más e iré a dormir. Eva y Sebastián se conocieron de la forma más anticuada que existe por estos días, ¿la pillan? ¿Cómo que no! Bueno, se las diré… Fueron presentados por sus padres. Por Don Importante (padre de Sebastián) y Señora Moralidad (madre de Eva). Ya sé que están pensando, “¡cómo va a ser la madre de Eva, si ella es la primera mujer!”, a lo que yo respondo: después de dieciocho (18) pases de perico (acabo de inhalar dos (2) más) no me importa ya qué sentido lleve esto.

      Don Importante y Señora Moralidad eran las personas más correctas de su comunidad; eran casadas, de familias dignas y religiosas. Además, fornicaban los fines de semana, uno con el otro; mientras más moralistas son, más depravado es su alma. Entrenaron a sus hijos en el arte de la hipocresía moral y en la incoherencias religiosa (esa vaina loca: de por un lado decir amar al prójimo, y por el otro condenar al que es diferente a ellos).

       Eva y Sebastián se enamoraron, pero no de ellos, sino de la idea de enamorarse. De tener un esposo digno, una esposa digna, en una casa digna. Por un tiempo todo fue amor, de ese que hablan los vecinos, hasta que las realidades de cada uno chocaron con sus caretas de falsa rectitud. Sebastián resultó ser gay, y huyó por ahí con su amigo Raúl. Su amada esposa entró en un estado de dolor que casi la llevó a la locura.

        Eva vivió el continuo. El pecado original, la realidad de cada uno. Los sentidos y el corazón, no se pueden contener, son como un río. Sea como sea que se embalen, siempre buscan la manera de salir. Ella encontró la calle, la noche, lo carnal. Todo lo que una vez criticó. Eva se volvió Lilith. Después de eso fue una ñera, de la calle. Con el tiempo vivió del placer de la carne; del cobrar por alquilar caricias. Y, una noche conoció un joven Manuel que sedujo, y su castidad rompió (sí, Manuel era castro hasta esa noche). Y el continuo se volvió el principio. Por eso es el continuo.

        Suficiente por hoy. Tienen que descansar para el final. Ya perturben demasiado sus mentes. Fin del comunicado.

Tres recuerdos (primera parte)

     Este no es sólo un recuerdo, sino tres en uno, ¡toda una ganga! El principio, el continuo y el final. Hace algún tiempo Dios hizo al hombre y a la mujer. No se sabe a cual primero. Lo cierto es que la mujer tuvo dos versiones, una tímida, abnegada y curiosa, Eva, la otra una independiente y rebelde, Lilith.

    Lilith fue la primera, tan independiente e igual al hombre que fue desterrada por culpa de él. Ella tuvo que llevar su sensualidad e independencia a otro lugar, algunos dicen que su descendencia anda por ahí, escondida, y otros afirman que han jurado venganza a la estirpe de los hombres, los hijo de Adán. Cualquier duda con esta parte le pueden pedir respuestas a un tal Shishi. Se supone que sabe sobre estas cosas, pero es algo  llorón. Sean sensibles (ya fueron advertidos).

    Ella fue la primera que él conoció. Por cierto, él es nuestro protagonista, un hijo de Adán. Para fines educativos, didácticos y hasta terapéuticos lo llamaremos Manuel, no hace referencia a nadie que usted pueda conocer es que su nombre real es totalmente impronunciable, además de no existir grafía alguna que sirva para estampar su vocablo. De todas formas, si lo llegan a ver por la calle lo saludan de mi parte, ya saben, es  Manuel.

     Disculpen, perdí el hilo de la historia. Me pasa todo el tiempo, son todas esas drogas que consumo desde los once años. Cosas que pasan. Bueno, en donde estaba… ¡Claro, cuando Manuel conoció a Lilith! Fue una noche. Manuel se encontraba con su mejor traje, sombrero y zapatos, fumando sus cigarrillos favoritos, los que son sin filtro. Esa noche pasó de bar en bar hasta llegar al indicado. Era un sitio exclusivo, pero lo dejaron pasar sin problemas, cosa rara. Entró a un salón elegante, con mesas y una pista de baile, poco usada. Todos bebían y fumaban en sus mesas. Casi todos los varones llevaban sombreros y las mujeres vestidos ceñidos al cuerpo.

    En una frívola oscuridad, Manuel, la vio. Ella era todo lo que él (sin saber) estaba esperando. Alta, esbelta, de senos redondos y generosos, de cabellera negra como la noche, ojos café, y de una personalidad como ninguna otra. En este punto no recuerdo bien, no sé si fue ella que se acercó a él, o al revés… Esperen un momento, sólo un poco, y, ¡ya recuerdo! Un fulano los presentó. Por cosas del vino y la noche ellos bailaron toda la jornada, la nocturna obviamente. Como si fuera por el destino, él terminó encima de ella, en la habitación de algún viejo hotel.

     Hasta este punto, Manuel, nuestro protagonista (por ahora), pensaba que había sido él quien lideró los acontecimientos de esa noche. Nada más alejado de la realidad. A la mañana siguiente, un gorila, amigo “de la chica” le reveló la verdad: fue ella quien lo sedujo todo el tiempo. Y, en el alba quería su compensación, parece que unos cien (100) de los grandes. El gorila sólo fue para velar por la buena transacción del acuerdo comercial.

     Después de esto vino Eva… El continuo. Pero esa ya es otra historia, siempre quise decir eso, como en una película. Bueno los dejos, ya es hora de mis drogas. Chao.

Ellas

Ya con canas en su cabello y barba, él entendía la mayor duda de su vida. Ellas. Nunca las había entendido. Por mucho tiempo comprendió todo mal. Siempre fueron ellas y no él.  Ellas que lo escogieron, antes que él a ellas. Ellas, que con miradas lo llevaron a bailar.Y , que con falsa inocencia lo invitaron a dormir en su lecho. Todo con un grado de paciencia y delicadeza que sólo ellas conocen. Pues, con eso en mente, y sus canas, él sonrió.

Noctambulo

Nunca he tenido problemas para dormir. De hecho, siempre ha sido todo lo contrarío, hasta esa noche. Ella se manifestó en mi cama como si de mi mente brotara. Nunca supe su nombre, ni de donde venía. Sólo recuerdo la curvatura de su piel desnuda, como memoria  textual de mis dedos. Sus labios en los mios, su cuepo, su ser… Fue un agradable insomnio. Al salir el alba desapareció como vino. Desde entonces sufro cada noche  esperando su retorno.

Joel Mendoza

Una historia de amor

    Adán se encontraba solo en un extremo del andén. El calor era sofocante. El tren todavía no llegaba y ya estaba comenzando a desesperarse… No era sólo el metro o el calor era toda su vida que lo tenía irritado e inquieto. Su novia lo había dejado por algún pendejo con real; trabajaba donde en sus días de universidad tiró piedras y escupió, ahora era él quien era insultado por escolares. Cinco años de estudio y terminó siendo el lambiscón de un político. Totalmente absorbido por el sistema que tanto criticó. Se sentía bajo, decadente e inútil. Ya ni podía encontrar una cita decente hacia un tiempo. Mientras se autocriticaba la estación fue envuelta por la oscuridad de un apagón.

   Cincuenta segundos duró el apagón. Adán calculó el tiempo con el reloj digital de su teléfono. Lentamente sus ojos se adaptaron a la luz. El andén se veía igual, excepto por un pequeño detalle: una joven mujer se encontraba muy cerca de la “raya amarrilla”, la línea de seguridad dibujada en el suelo. Estaba de cara a los rieles, y le parecía a Adán que se balanceaba de atrás hacia adelante. Esa escena era muy rara para él. Pero lo que más le asombró fue su belleza: blanca como la leche, de una cabellera castaña y ondulada, de unas anchas caderas, un busto abundante y sus ojos… Un par de verdes gemas.

    De repente la chica se dejó caer a los rieles, pero Adán la sostuvo con ambas manos por su cadera. Él mismo se sorprendió de haber corrido tan rápido, cada vez que la veía caminaba un poco hacia ella y cuando sintió que se iba a caer corrió lo más rápido que pudo por ella. Ésta lloraba cuando cayó sobre Adán, sin mediar palabra alguna lo abrazó. Sus lágrimas circularon por el hombro de él. Su perfume era agradable y hasta seductor. Su cuerpo estaba tibio. Adán quería quedarse así, cerca de ella, con ella.

 -Oye, ¿cómo te llamas?-espetó la chica.

-Adán, y ¿tú?-respondió Adán.

-¡Ay!-dijo con una sonrisa pícara-, entonces yo soy Eva.

-¡Es acaso una broma!-dijo él algo sorprendido.

-No, vale-emitió serena Eva-. Ese es mi nombre. ¿Sabes qué significa?

  Ya se encontraban saliendo de la estación cuando Adán contestó:

-No sé qué significa que tú seas Eva y yo Adán-dijo Adán en seco.

-Que es el destino-expresó fulminantemente Eva-.Otra cosa, este es el primer acto. Anota mi número para el segundo.

    Adán la acompañó hasta su casa, o mejor dicho hasta su edificio. No vivía lejos de la estación. No mediaron palabra alguna, pero Eva tomó fuertemente la mano de él al estar en la calle. Luego en su casa Adán reflexionó todo lo ocurrido. Con teléfono en mano y el número de Eva ya marcado pensaba. ¿Qué mal tan grande tenía esa muchacha para pensar en quitarse la vida? O, ¿por qué no podía dejar de pensar en ella?, y lo que más le inquietaba ¿qué significaba lo del primer y segundo acto? Con estas dudas en su mente le escribió. Ya empezaba el segundo acto.

   Adán terminó llamando a Eva. Salieron por un tiempo y hasta en novios resultaron. Él no tuvo el valor de preguntar qué fue lo que le pasó aquel día en el metro y ella nunca lo mencionó. Algunos psicólogos dicen que “el enamoramiento” es sólo una etapa en las relaciones, que pueden durar un máximo de cuatro años. A Adán le duró cuatro meses exactos. Ya no quería ni ver a Eva, que cada día dependía más de él. Le llamaba para todo. Desde seleccionar las prendas de vestir hasta escoger su desayuno. Adán estaba harto de todo. Ya hasta sentía asco de besarla. Lo que al principio en pleno enamoramiento fue amor ahora era lo exactamente opuesto.

    Para aclarar sus ideas Adán fue a una consulta con un psicólogo. Era con una especialista muy joven, pelirroja y sensual, llamada Lilit.

   -Buenos días Señorita, eh digo Doctora-dijo Adán algo nervioso-. Es primera vez en mi vida que vengo a esto. Ósea, digo, la sección, ¿o ustedes le dicen consulta?

   -Bueno, le puede decir como usted quiera. Siempre y cuando me hable de por qué está aquí-puntualizó la especialista-, no es del tipo de personas que se vea muy a menudo por acá.

 -¿A qué se refiere, Doctora?- apenas cuchicheó.

-Por favor, ya no me digas Doctora. Me siento vieja cada vez que lo dices. Que eres joven como yo o más-dijo Lilit.

-¿Qué tiene que ver lo de joven?-Adán interrogó.

-Que a las personas más “maduras” no le gustan contar sus cosas a los jóvenes-dialogó Lilit con un aíre de cansancio.

    De repente algo despertó en Adán, algo en Lilit lo despertó. La deseaba de múltiples maneras. Pasadas unas semanas, Adán y Lilit tenían un amorío. Él la amaba, era todo lo que no era Eva. Fogosa, independiente y no creía en el matrimonio. Eva hablaba todo el tiempo de casarse y formar una familia. Pero, ella podía ser muy independiente hasta para Adán. Nunca salían como tal, era a la casa de ella o la de él. Hasta una vez, ella le dijo que nunca tendría algo formal con él. Esto le dolía un poco a Adán. Sin embargo, éste tenía un problema mayor: “Eva”. ¿Qué hacer con ella con sus viejo, viejo, viejo amor? Lilit le había dicho que tenía que ser franco con ella, muy claro, y a la vez, muy delicado. Era una dicotomía  muy compleja para él.

    Un buen día Adán salió con Eva, decidido a dejarla una vez por todas. Después de terminar ambos en la cama de ella, quemando sus carnes, no tuvo el valor de hablarle. Mas, ella estaba mucho más decidida a expresarse que él. Se vistieron a medias y consagraron su tiempo a matarlo con algo de vino. Cortesía de Eva.

-Adán, quiero saber algo-puntualizó Eva-. ¿Tú me amas?

-Sí, ¡claro!-mintió.

¡Ok! Sólo eso quiero saber-susurró Eva.

   De repente un dolor en el pecho sorprendió a Adán. Calló al suelo abatido por la dolencia. No podía emitir ninguna palabra. Eva se le quedó mirando sin decir nada. Hasta que este comenzó a retorcerse de dolor.

-Adán lo sé todo-dijo Eva muy serena-, Sé lo de la pelirroja.

      Adán estaba tendido en el suelo sin poder comunicar lo que pensaba. Ya había perdido la vista. Antes de perder el conocimiento escuchó unas palabras: “Siento pasos. Necesario es abreviar. ¡Dulce hierro, descansa en mi corazón, mientras yo muero!” [1]. Eso fue lo último que Adán escuchó.

   Días después, Lilit se encontraba desayunando en su panadería favorita “El Mar Rojo”. Mientras comía, ojeaba lentamente las páginas de un diario matutino. Repentinamente soltó un agudo grito de terror. Retratado estaba el trágico final de unos enamorados. El titular  rezaba “Romeo y Julieta criollos, acabaron igualitos”. Una tal Eva había envenenado a un Adán y acto seguido apuñaló su vientre al mejor estilo del Harakiri japonés, en el artículo decía “buscaban su Edén”. Lilit no sabía que pensar, llamó varias veces sin éxito al teléfono de Adán. En la última llamada escuchó el buzó de mensajes de él, se proponía a dejar uno cuando la grabación la dejó helada. Esta decía “tercer y último capítulo. Fin de la historia”.

[1]Último dialogo de Julieta, en Romeo y Julieta de William Shakespeare.

Joel Mendoza

La ciudad es muy violenta

Él corre lo más rápido que puede. Lo vienen persiguiendo hace ya unas cuadras. Los buhoneros lo ven raro al pasar. No puede pedir ayuda, la ciudad ya es demasiada violenta. – ¡Carajito del coño! Ve por donde vas.- Le grita un vendedor ambulante, al pasar a toda prisa por su tarantín. No puede parar, ya están muy cerca. Le pueden hacer cualquier cosa, la ciudad es muy violenta.

Huir no es nuevo para él. Desde que recuerda siempre ha estado huyendo. Una vez para escaparse saltó de un edificio de unos cuantos metros… A penas sobrevivió. Luego un tipo vestido de blanco lo secuestró por un tiempo. Con bisturí en mano es como pudo fugarse. Hasta tuvo que cortar sus muñecas para evitar ser atrapado vivo. Su vida no ha sido fácil y todavía no es mayor de edad.

    Ya están muy cerca. El camino se le ha acabado. Sólo hay un sendero, unas escaleras barrio arriba y no sabe que pueda encontrar. Todo es muy peligroso. No tiene de otra, sube. Corre lo más rápido que puede, ya no sabe dónde está. Para un momento para recuperar el aire. De repente lo ve, a él, su némesis, su persecutor.

    Es una rana muy verde, con un peinado Punk y una chaqueta negra a lo de los años ochenta. Se llama Pepe. Está acompañado por un zombi muy muerto llamado Walter y Susana una sensual vampiresa vestida sólo con un ligero liguero y sujetador. Es sometido por los tres. Ellos siempre lo han buscado una y otra vez. No importa todo lo que corra siempre ha sido así. Tampoco ha importado que piense que no existen, como le han dicho, porque siempre están ahí.

   Pepe entra en su oído, le grita en su cabeza. Walter lo suelta y Susana le da un viejo bisturí. Ya no puede hacer nada, ahora es de Pepe. Tiene que obedecer todo lo que diga. Un hombre camina por ese callejón, parece que no se asusta por Pepe y compañía.

   Al otro día una reseña de una página roja, de un diario matutino, relata el terrible asesinato de un hombre, abatido por un bisturí. Su cara quedó irreconocible. Se presume ajuste de cuentas y un mínimo de tres victimarios. La reseña termina diciendo “La ciudad ya es violenta, muy violenta”.

       Joel Mendoza